miércoles, 18 de octubre de 2017

Primera edición de ‘El Aleph Festival de Arte y Ciencia’ de la UNAM




El pasado 15 de octubre, inició “El Aleph Festival de Arte y Ciencia” de la UNAM, un espacio que conjunta la ciencia y el arte por medio de propuestas y análisis de proyectos que invitan a la reflexión de nuestro momento y realidad y como una celebración del pensamiento interdisciplinario.

El festival se realiza de 15 al 22 de octubre de 2017 y es organizado por CulturaUNAM. El objetivo es conjuntar artistas, científicos, escritores, bailarines y actores, en el Centro Cultural universitario de la UNAM, en la Cuidad de México.

Un espacio que conjunta la ciencia y el arte, para centrar en los conocimientos de vanguardia sobre las fronteras de la física moderna, en las nuevas vías de investigación experimental y teórica que abren nuevas vistas del universo.

La primera edición de El Aleph. Festival de Arte y Ciencia, inició con presentaciones en temas de física moderna y matemáticas, como la Teoría de Cuerdas y los hallazgos del Colisionador de partículas del CERN (Centro Europeo de la Investigación Nuclear), y el descubrimiento de las ondas gravitacionales, con la aportación del físico Juan Martín Maldacena y su conferencia “El Aleph, la Teoría de Cuerdas y la música de la materia”.

Eventos artísticos

La ciencia y al arte convivirán con el concierto Los planetas de Gustav Holst, con la Orquesta Filarmónica de la UNAM, la musicalización del film La huelga, por parte de Jodlowski, el espectáculo de danza Horses in the Sky, de la Compañía de Danza Contemporánea Kibutz, y la muestra de cine en la sala José Revueltas del CCU, entre otras manifestaciones artísticas.

El mundo literario tendrá presencia del 20 al 22 de octubre, con la realización de la Feria del Libro El Aleph. Ciencia y arte, en la Explanada de la Espiga, donde se ofertarán publicaciones de arte y ciencia.

Del 17 al 20 de octubre, se llevará a cabo el “Segundo Coloquio Internacional de Literatura Fantástica “Ignacio Padilla”, en el marco del 80 aniversario de la muerte de Howard Phillips Lovecraft.

Por qué El Aleph

El utilizar el término de “El Aleph”, se basó en el gran cuento del escritor argentino Jorge Luis Borges, tomando el concepto del “punto que contiene todos los puntos del universo“, como una metáfora que invita a reunir, en un mismo espacio y tiempo, científicos y artistas, para crear un ambiente colaborativo y de generación de conocimiento abierto a la comunidad.

Un festival que debe conocerse, vivirse y formar parte de esa unión de tiempo y espacio, que conecta a todos, en un mismo cosmos-pretexto ideal para apreciar, reflexionar y apoyar la ciencia y el arte. Las actividades se realizan en el Centro Cultural universitario de la UNAM en la Cuidad de México, del 15 al 22 de octubre de 2017 y la entrada es libre.

Fuente: CulturaUNAM.
Fuente :Mentepost.com

martes, 17 de octubre de 2017

Las extrañas pero fascinantes convergencias entre Borges y Mckenna, dos maestros de la exploración de la imaginación, de una curiosidad irreprimible.



Terence Mckenna y Jorge Luis Borges personajes muy diferentes. Uno fue una celebridad de los principios de Internet, exponente de la cultura psicodélica, del DMT y los hongos, de un regreso al paganismo o a las culturas tribales, de un impulso hacia la deificación de la naturaleza a la vez que una utilización de la tecnología para surfear los misterios de la conciencia humana. Mckenna escribió algunos libros y realizó investigación etnobotánica, pero sobre todo se le recuerda por sus conferencias y diálogos, con su voz sumamente nasal y su semblante de duende. Fue un activista en cierta forma, llamando a abandonar la cultura de programación masiva y explorar la propia conciencia. De Borges no es necesario hacer un semblante biográfico, basta decir que es el escritor más importante en lengua española del siglo 20.

El académico William Rowlandson, experto en Borges, hizo una interesante participación en la conferencia Breaking Convention, ligando el pensamiento de Borges y Mckenna, a través de una misma curiosidad intelectual, una capacidad de asombro y un agnosticismo. Rowlandson dice que él no tomó LSD o fumó cannabis a los 15 años, como algunos de los asistentes a esa conferencia, sino que leyó a Borges desde los 15, y eso ha sido su experiencia de despertar de la imaginación. El académico británico señala que ambos autores entendieron "que la realidad es simbólica y que la realidad se comunica con nosotros tanto como nosotros con ella". Mckenna decía que la naturaleza no es muda -a diferencia de lo que creía Sartre-, sino que es una matriz lingüística, que permanentemente se comunica a sí misma. Ambos autores vivieron la articulación de una asombrosa paradoja "el incesante impulso a entender algo que es ininteligible" o al menos inexplicable, "entendemos que no se puede entender, pero aún así buscamos entender" -es inefable, es inexplicable pero no nos damos por vencidos, y hay una cierta belleza en esta búsqueda paradójica del acertijo de la existencia, que nunca podremos responder. Esto era algo que informaba enormemente a Borges, quien se definía, al igual que Mckenna, como agnóstico: “ser agnóstico quiere decir que todo es posible, incluso Dios. Hasta la Santísima Trinidad. Siendo agnóstico vivo en un mundo más grande y más fantástico, casi espectral". Mckenna escribió reiteradamente que "el universo no sólo es más extraño de lo que creemos, es más extraño de lo que podemos imaginar". Y expresó su amor al asombro: "Vivir en la dimensión psicodélica, es vivir en una atmósfera de continuo desdoblamiento de entendimiento para que cada día sepamos más y veamos las cosas con mayor profundidad".

En una notable entrevista Borges habla sobre la importancia de la palabra asombro en su obra, una palabra que hace pensar en una sombra y en algo a la vez incognoscible. Borges dijo estar sintiendo asombro y azoro, permanentemente. Este es el estado base del lector y del escritor de historias de fantasías, de aventuras especulativas. La sustancia misma de su obra es el asombro, que por otra parte, según Aristóteles y Platón es el origen de la filosofía. Otra término importante es "horror sagrado", una mezcla de misterio, temor y una sensación numinosa. Y otra palabra importante es la inglesa "amazement", que le gustaba tanto a Borges, sentirse en un laberinto, la sensación de perplejidad y asombro que produce la existencia, que es como un laberinto. En su poema Los Enigmas:

Qué errante laberinto, qué blancura
ciega de resplandor será mi suerte,
cuando me entregue el fin de esta aventura

la curiosa experiencia de la muerte?
Quiero beber su cristalino Olvido,
ser para siempre; pero no haber sido.

Una sensación de perplejidad y asombro que Mckenna describía dentro de sus viajes al interior del "crisantemo" del DMT,  cruzaba el umbral y era recibido por una extraño orden de realidad donde extraños seres lúdicos -los famosos "machines elves"- manipulaban la realidad usando el lenguaje y presentaban al psiconauta con un acertijo, un enigma.

Dice Rowlandson que en Borges vemos como la experiencia de los sueños o de la imaginación es tan real o valiosa como la realidad -por ejemplo leer a Chesteron le hizo a Borges conocer más Londres que cuando fue a Londres a caminar a su calles. Mckenna por supuesto sugiere que las experiencias psicodélicas pueden ser tan reales como la realidad. La realidad y la imaginación disuelven sus fronteras en estos dos autores. No hay necesariamente un afuera en oposición a un adentro. Todo es un signo, un símbolo, algo que nos cifra y deletrea.

Una de las citas más famosas de Mckenna dice. "La realidad tiene una naturaleza sintáctica -el verdadero secreto de la magia es que el mundo está hecho de palabras. Y si conoces las palabras de las cuales está hecho el mundo, puedes hacer con él lo que quieras". Borges por supuesto compartía esta noción, habiendo imaginado la piel de un tigre como un texto divino, el universo como una inmensa biblioteca o una letra (Aleph) que contiene el universo entero sin superponerse. Mckenna se interesó por la magia ceremonial y la alquimia; Borges por la Cábala y las experiencias visionarias de personajes como Swedenborg o Böhme.

Fuente : Pijamasurf



The Monday Briefing: A musical look at sight - Coffee With Borges



El espectáculo "Discovery of Sight" incluye "Coffee With Borges", una pieza del compositor Gabriel Kahane basado en "Blindness", un ensayo de Jorge Luis Borges.

The Twin Cities male vocal ensemble Cantus is kicking off its 23rd season with a program that explores what it really means “to see.” The show “Discovery of Sight” includes “Coffee With Borges,” a commissioned piece by composer Gabriel Kahane that is loosely based on “Blindness,” an essay by Argentine writer Jorge Luis Borges. There are three shows coming up: 10 a.m. Friday at Colonial Church of Edina, 7:30 p.m. Saturday in the Ordway Concert Hall in St. Paul and 3 p.m. Sunday at Wayzata Community Church.


Fuente : Star Tribune

El budismo en Borges



por Betina Barrios Ayala

El valioso legado reflexivo de Jorge Luis Borges pasa por la exclusión de todo dogmatismo. Y es posible que este principio rector de su pensamiento sea la razón esencial por la que el maestro se interesó por el budismo, convirtiéndolo en uno de los temas en los cuales volcó su curiosidad y, además, buscó adentrarse para comprender y compartir lo esencial de la religión más difundida del mundo.

Borges encontró en el budismo belleza y tolerancia. Lo expresa con su propia voz en esa valiosa conferencia que ofreció, como parte de un ciclo, en el Teatro Coliseo de la ciudad de Buenos Aires en 1977 y que luego fueron cuidadosamente revisadas por el autor para su publicación en el libro Siete noches, editado en 1980, donde reúne una serie de temas que lo tocaban con especial profundidad. Y entre esos estuvo el budismo, destacando la tolerancia como un rasgo que lo distingue de otras religiones:

“El budismo fue, ante todo, lo que podemos llamar un yoga. ¿Qué es la palabra yoga? Es la misma palabra que usamos cuando decimos yugo y que tiene su origen en el latín yugu: un yugo, una disciplina que el hombre se impone”

La tolerancia del budismo, según Borges, radica especialmente en que

“No ha recurrido nunca al hierro o al fuego, nunca ha pensado que el hierro o el fuego fueran persuasivos. Cuando Asoka, emperador de la India, se hizo budista, no trató de imponer a nadie su nueva religión. Un buen budista puede ser luterano, o metodista, o presbiteriano, o calvinista, o sintoísta, o taoísta, o católico, puede ser prosélito del Islam o de la religión judía, con toda libertad. En cambio, no le está permitido a un cristiano, a un judío, a un musulmán, ser budista”

Esta cualidad Borges no la interpreta como debilidad, sino como parte misma de su constitución y naturaleza.

El libro ¿Qué es el budismo? tiene a Borges y Alcicia Jurado como autores. En ese libro explican que, si bien el budismo no tiene una presencia palpable en la narrativa borgiana, numerosos rasgos de esta religión son comprensiblemente seductores para el autor de Ficciones. Y entre ellas está la sospecha de que la realidad es un sueño: el sarcasmo ante la vanidad del yo. Es la convicción de que el tiempo humano está marcado por un conjunto de casualidades operantes, del rechazo a la violencia y del uso del recurso de la paradoja.


Este conjunto de factores compartidos hablan por sí solos acerca de la íntima comunión que puede encontrarse entre la obra literaria de Jorge Luis Borges y las enseñanzas del budismo. En una de las partes más emotivas de la conferencia, figura el relato de los milagros del Buddha, entre ellos uno de cortesía que en la voz de Borges dice:

“Hay un momento en el cual el Buddha tiene que atravesar un desierto arenoso y es la hora del mediodía. Y entonces los dioses, desde sus treinta y tres cielos, le arrojan cada uno una sombrilla para que él se proteja del sol. Entonces el Buddha no quiere desairar a ninguno de los dioses y se multiplica en treinta y tres Buddhas, de modo que cada uno de los dioses ve, desde arriba, un Buddha cubierto por la sombrilla, que de esa manera ha aceptado el regalo”

Otra es una historia que a Borges le parece iluminativa: La parábola de la flecha

“Un hombre en una batalla ha sido herido por una flecha y no quiere que le arranquen la flecha, dice el Buddha. Quiere saber antes el nombre del arquero, a qué casta pertenecía, el material de la flecha, en qué lugar estaba el arquero, qué longitud tiene la flecha. Mientras está discutiendo estas cuestiones, se muere. En cambio, dice el Buddha, yo enseño a arrancar la flecha. Es decir: la flecha. ¿Qué es la flecha? La flecha es el Universo, la flecha es la idea del yo, todo lo que nosotros llevamos clavado. […] Se trata de una ley de salvación. Y el Buddha dice… y estas frases son muy lindas, me parece a mí: ‘Así como el vasto océano tiene un solo sabor, el sabor de la sal, el sabor de la ley es el sabor de la salvación’. Es decir, la ley que él enseña es vasta como el mar, pero tiene un solo sabor: el sabor de la salvación”

Y en otro segmento de esta misma conferencia, Borges explica que:

“El budismo niega el Yo. Una de las desilusiones capitales es el Yo. El budismo concuerda así con Hume, con Schopenhauer y con nuestro Macedonio Fernández. No hay un sujeto, lo que hay es una serie de estados mentales. Si digo ‘Yo pienso’ estoy incurriendo en un error, porque supongo un sujeto constante y luego una obra de ese sujeto, que es el pensamiento. No es así. Habría que decir, apunta Hume, no ‘Yo pienso’ sino ‘Se piensa’ como se dice ‘Llueve’. No pensamos que la lluvia ejerce una acción. No: está sucediendo algo. De igual modo, como se dice “Hace calor”, “Hace frío” o “Llueve”, debemos decir ‘Se piensa’, ‘Se sufre’, y evitar el sujeto”


La Universidad de Pittsburgh tiene un centro académico especializado en el trabajo de Jorge Luis Borges: The Borges Center. En una publicación editada por este centro, destaca un texto titulado Borges en diálogo sobre el budismo. Es el resultado de la transcripción de una plática que tuvo lugar en la Casa de las Naciones Unidas de Buenos Aires, el martes 22 de noviembre de 1983. Los participantes fueron Jorge Luis Borges, su amigo Roberto Alifano y Sri Lathan Lal Mehrotra, quien entonces era Embajador de la India en Argentina.

Al inicio de este intercambio, destaca la curiosidad de Borges sobre el concepto de ética como uno de los pilares del budismo y la forma en que esto está representado en la idea del karma. Frente a la inquietud de Borges, el embajador Mehrotra explica que el concepto de karma viene del conocimiento de que en el prakriti (la naturaleza) todo es acción y reacción. En la India, la muerte no es sinónimo de que la vida ha llegado a su fin: el Bhagavad-Gita expresa que la muerte es cambiar el cuerpo. Así como para el humano es natural cambiar de ropa cuando ésta ya no se adapta más a sus necesidades, cuando el alma siente que ese cuerpo que tiene no le basta o que las misiones del espíritu rebasan las posibilidades de ese cuerpo, entonces es tiempo de irse, tiempo de dejarlo y asumir otro cuerpo. Ésta es básicamente la idea del karma: la vida vista como un ciclo de nacimiento y muerte marcado por nuestra forma de actuar. Tras esta breve explicación, Borges replica que, en consecuencia, la única ley del Universo sería la ley ética, pues de eso, de la conducta, dependerán las futuras transmigraciones. Y así lo ético sería lo esencial.


Durante esa misma conversación, aparece la idea de que sólo por medio de una vida ética es posible llegar al nirvana: “¿Y qué significa llegar al nirvana? Simplemente que nuestros actos ya no arrojan sombras. Somos libres”, dice Borges. Por eso el nirvana ocurre en vida y no es un fenómeno de la muerte: es la aniquilación del deseo, del anhelo. La búsqueda del nirvana es sólo posible en vida, como lo señala la leyenda del Buddha quien alcanzó este estado bajo la sombra de una higuera sagrada, el Árbol de la Ley. Allí se enfrenta a Mara: sus flechas son rosas y el Buddha yace en el suelo y luego entra en una meditación que lo conduce al nirvana. Él no piensa que lo atacan: está pensando en la vida y, con eso, llegando a la salvación. Al amanecer, el mal ha sido vencido y Siddharta ya no es Siddharta: es el Buddha y resuelve predicar la Ley. Ya él está a salvo, pero quiere salvar a los otros. El Buddha predica entonces la vía media: una alternativa entre el ascetismo y la sensualidad.

Ya hacia el final de esta conversación, en la que los participantes se pasean por un hermoso intercambio que los invito a leer con entusiasmo, Borges comparte su experiencia de autoconocimiento y describe qué son para él la felicidad, la belleza y la transmisión del pensamiento. No los ve como hechos excepcionales, sino que asuntos que se suceden continuamente. Allí, reunidos y conversando, todos los presentes podían coincidir en lo que habían compartido aquella tarde, en esa conversación como una hermosa experiencia, que sería recordada con nostalgia a partir de entonces. De esta manera, Borges explica que la belleza no es inalcanzable, sino que se trata de eventos que están en la vida común, en la posibilidad de cada día:

“Creo que continuamente la gente alcanza la belleza. Creo que si se perdieran todos los libros, bueno, volveríamos a reescribirlos. Es decir: creo que la belleza y la felicidad son hechos comunes y cada día, bueno, hemos estado quizás muchas veces en el infierno pero alguna vez en el cielo también. Muchas gracias”

Fuente : Prodavinci



lunes, 16 de octubre de 2017

Anarka y Sevillano: el joven Borges





 Por Nicolás González Varela

“Yo me sentía sevillano…” confesaba un viejo y sincero Borges. Más o menos se conocen las vicisitudes de los Borges por el viejo continente. La familia se desplazó a Suiza (Ginebra) anhelando una cura para la creciente ceguera del padre. Como buenos bibliófilos, viajaba, acompañando a la familia, una buena muestra de la (gran) Literatura argentina: el Facundo de Sarmiento, las Siluetas militares de Eduardo Gutiérrez, los dos tomos de la Historia argentina de Vicente Fidel López, Amalia de Mármol, Prometeo y Cía de Eduardo Wilde, Rosas y su tiempo de Ramos Mejía, varios libros de poesía de Leopoldo Lugones y por supuesto el Martín Fierro de José Hernández, libro que Borges adolescente había seleccionado para llevar a bordo del barco cuando cruzaran el Atlántico. En Suiza Borges aprendió alemán, según él, con un diccionario y un libro de Heine: “Una vez que uno conoce el significado de [los poemas] ‘Nachtigall’, ‘Liebe’ y ‘Herz’, puede leer a Heine sin la ayuda de un diccionario”. Eligió ser enterrado allí. La familia quedó bloqueada por la “Gran Guerra” en Europa y cuando finalizó, noviembre de 1918, decidieron moverse hacia el sur para regresar a la Argentina. Primero se trasladaron, llegado el invierno de 1919, de Mallorca (vivieron en la aldea de Valldemosa), vía ferrocarril de Barcelona. Habían viajado a España, como Robert Graves en la misma época, porque era “hermosa y barata, y escasa de turistas”. Pudo estudiar latín con un cura y leer a Virgilio. De allí se trasladaron a Sevilla. Jorge Luis tenía muchos buenos recuerdos de la antigua Hispalis; en cambio Madrid le pareció una ciudad provinciana insoportable, “agria y adusta”. En la capital española, el joven Borges, un “rojinegro” admirador de la revolución rusa (entonces no se la reducía a “bolchevique” como en el mito moderno), seguía orgullosamente hablando con acento bien sevillano (bueno: el acento argentino y el sevillano se parecen). En su vejez, Borges bromeaba seriamente al reconocer que “yo hubiera querido ser andaluz. Lo que nunca habría querido es ser catalán: los odian en España y entre los franceses se nota enseguida que son impostores”[1] El motto existencial del joven Borges lo sintetizó en una carta de la época: “Leer mucho, arquitectar poemas sintéticos donde aún perduran los aceros, las banderas y las iluminaciones”. Los biógrafos coinciden en una cosa: su padre siempre promovió en el vástago un “anarquismo literario” y que en febrero de 1917 adhirió con entusiasmo y pasión a la caída del Zar y luego al octubre rojo. Borges devoró la obra de Max Stirner (según Feuerbach, “el escritor más genial y libre que he conocido”), simpatizando con la corriente anarco-sindicalista, que participó ampliamente en la revolución. Stirner lo llevó a Schopenhauer y acto seguido a Nietzsche, de quién sospechó que había plagiado algunas de sus tesis más temibles. Quizá el destino de El Único y su Propiedad, nos explique algunos comportamientos equívocos, reaccionarios o la metamorfosis ideológica del último Borges.

Marx escribió un furibundo “Anti-Stirner” que jamás se publicó: el capítulo “Sankt Max”, en ese manuscrito imposible maltitulado La ideología alemana. Stirner, era criticado como parte de la izquierda dogmática y representante del individualismo abstracto de los jóvenes hegelianos. A la abstracta antítesis entre “humano” y “único”, el joven Marx le contraponía la antítesis concreta e histórica de emancipación. No se trata de que “Yo” me desarrolle sino de liberarse de un modo determinado de desarrollo: el de la sociedad clasista, el de los seres humanos mediados por la relación del dinero. Por lo tanto, sólo los individuos que se desarrollan en un plano universal, unidos orgánicamente (organización), ya no los “Únicos” stirnerianos que se “utilizan”, se “devoran” o “consuman” mutuamente, pueden aspirar a emanciparse del dominio de las relaciones y la casualidad, al desarrollo de todas las facultades humanas. El problema de descender del mundo de los pensamientos al mundo real, dirá Marx, se convierte así en el problema de descender del lenguaje a la vida. El extremo egocentrismo de Stirner y su tendencia aristocratizante lo hacían muy incómodo en el canon progresista. Borges era un stirneriano vergonzante. Como Nietzsche, ocultó la influencia de Stirner por motivos idénticos: habría quedado desacreditado para siempre entre las personas formadas de todo el mundo si hubiera dejado notar algún tipo de simpatía por un burdo y desconsiderado Stirner, que hace alarde de un desnudo egoísmo y anarquismo, un individualismo extremo, que lo hizo un leproso en la historia del pensamiento.

                                     Max Stirner

Nada hay en su autobiografía, ni en sus hagiógrafos, nada en sus constantes autointerpretaciones de su obra y vida sobre la huella de la obra “más audaz y consecuente desde Hobbes” (Nietzsche). La primera estación genética fue su estadía en Suiza. Decía Borges que “yo viví cinco años en Ginebra en la época de la primera guerra mundial. La ciudad tenía en ese tiempo 120.000 habitantes; creo que había un comisario y dos vigilantes.” Ginebra (esa ciudad “hecha de garúas”) era un epicentro de la emigración revolucionaria de mediados del siglo XIX hasta la primera mitad del siglo XX (en realidad mucho antes: desde el Edicto de Nantes). Borges siempre decía que Ginebra era una de sus patrias. El erudito puede constatar una increíble coincidencia: la familia Borges vivió en la Rue Malagnou; en la misma calle, más al sur, en el Nº 29, vivió exiliado Lenin en 1895. La casa pertenecía a un émigré, Shujt, cuya hija era ahijada de Ulianov. Un compañero de militancia, V. D. Bonch-Bruévich (el mismo que decidió la construcción del macizo mausoleo de Ulianov), describe así el ambiente cultural ginebrino en el 1900: “Herzen, Bakunin, los partidarios de Karakózov, los populistas, los anarquistas, los adeptos a ‘Tierra y Libertad’, los de ‘La Voluntad del Pueblo’, los socialdemócratas y, finalmente, los bolcheviques, vivíamos tranquilamente en los libres cantones de la República Suiza”. Existe un bajorrelieve en la Torre de la place du Molard que representa al espíritu calvinista de tolerancia, con forma de una mujer que tiende la mano a un exiliado (“Geneve, Cité de Refuge”). En esa ciudad de refugiados políglotas (protestantes, garibaldinos, carbonarios, polacos independentistas, demócratas alemanes del ’48, comuneros parisinos…), de cafetines sociales (en el famoso ‘Café Treiber’ se cantó por primera vez las estrofas de la ‘Internacional’), de imprentas socialistas (en una pequeña tipografía cooperativa se imprimieron los materiales de la Iº Internacional), casas editoriales radicales (en la estrecha Rue de Lancy se editaba en ruso las obras de Marx y Engels) y bibliotecas públicas bien dotadas (“Ginebra tenía siempre a mano una biblioteca cómoda”, Lenin dixit) Borges abrazó apasionadamente los ideales anarco-comunistas. Tantó amó esta Heimat que enfermo en Ginebra poco antes de su muerte, relata Alberto Manguel, pidió a Marguerite Yourcenar que fuera a ver el piso donde había vivido y que volviera para describirle su estado actual. Ella cumplió con el encargo, pero piadosamente omitió un detalle: ahora, cuando uno franqueaba el umbral, un inmenso espejo con marco de oro duplicaba al sorprendido visitante, de la cabeza a los pies. Yourcenar le ahorró a Borges esa angustiosa intrusión.

Este Borges llegaba de Ginebra, como recordaba su cuñado, “ebrio de Whitman, pertrechado de Stirner, secuente de Romain Rolland, habiendo visto de cerca el impulso de los expresionistas germánicos, especialmente de Ludwig Rubiner y de Whilhelm Klemm”,[2] declaraba sin pudor como mejor poeta alemán de la época al izquierdo-expresionista Johannes Becher, “quien supo rimar la gesta de la guerra y la revolución, compañero de Liebknecht, desde las barricadas de Berlín nos tiende sus poemas” (la revista Die Aktion, cuyos poemas tradujo Borges, era totalmente anarquizante) y al poco tiempo de instalarse en el victoriano “Hotel Cecil Oriente Sevilla” en la Plaza San Fernando (ahora Plaza Nueva, actualmente no existe), confiesa en sus Cartas del Fervor en enero de 1920: “he hecho aquí algunos amigos, unos tipos muy amables, poetas ultraístas… y con ellos mucho he noctambulado,… he vaciado copas, inspeccionado bailes de prostitutas, comido ‘churros’, jugado e incluso ganado en la ruleta, y anteayer por la noche he visto el amanecer que se abría en una tormenta de luz sobre el Guadalquivir y transformaba los vidrios del pequeño café donde estábamos en raras y espléndidas vidrieras de púrpura y azul pálido.”[3] Ahí lo tenemos a Georgie, en los cafés de Triana de la calle Castilla o en las tabernas del Altozano, como se deja entrever en su texto “Paréntesis pasional”[4] cuando relata “escalamos la larga cuesta hasta la Cervecería… La Cervecería es de un alto mirador. A mis pies vibran la Ciudad y las Montañas y el Río de Plata que Siete Puentes cicatrizan… Descendemos la cuesta y atravesando el Puente veo que la Noche siembra de Estrellas el Río”. Como dirá después, en Sevilla pudo sentir el pathos de Oriente, mejor incluso que en Granada o en Israel. Allí también sufrió de amor por una joven sevillana llamada Concepción Guerrero (“una niña andaluza muy linda”), a la que sus padres no le dejaban ver. El que fuera pretendiente de su hermana Norah y amigo íntimo de Jorge, Adriano del Valle (le dedicaría uno de sus poemas) relata el primer encuentro en Sevilla un 2 de mayo de 1919: “Una noche en la que di una conferencia literaria en el Centro de Estudios Teosóficos de Sevilla, conocí a Norah y su familia. Jorge Luis, su hermano, aparecía asomado a los grandes espejuelos de sus lentes de miope, como el que se asoma a esos espejos convexos donde todas las figuras se ven torturada, donde todas las figuras se ven jorobaditas bajo el dolor infinito de sus fealdades, de sus rasgos caricaturescos. Admirador fervoroso de Walth Whitman, también él parecía soportar sobre sus hombros inclinados todo el peso de los orbes líricos del viejo cantor americano. El doctor Borges, padre de Norah, fumaba su opio intelectual, comentaba a (Max) Stirner, traducía a Omar Kayán y nos hablaba de sus especulaciones filosóficas sobre pragmatismo y lógica matemática”.[5]



Probablemente quien presentó a Borges y a su hermana Norah a los poetas de la revista Grecia fue un joven argentino de paso por Sevilla y ocasional colaborador, el rosarino Manuel Forcada Cabanellas. Por cierto, visitaba los hermanos Borges, casi a diario, a la redacción en la calle Amparo, 20, en el centro histórico sevillano, hoy una terrestre copistería en la que figura un típico azulejo andaluz que referencia históricamente el sitio. La revista vanguardista crecía exponencialmente; de 5.000 ejemplares quincenales, pasó a 10.000 y ahora salía cada diez días; otro avance es que ahora se distribuía por toda España. En un curioso libro de recuerdos, De la vida literaria, habla de la tertulia que solían mantener con los hermanos Borges, en un penumbroso salón del hotel Cecil –“reposteros de cerámica sevillana y macetas de aspidistras y claveles junto a las sillas de anea”, como describe el poeta sevillano Abelardo Linares- Adriano del Valle, Isaac del Vando y él mismo. Forcada Cabanellas recuerda que “por aquellos mismos tiempos -año 1919- apareció por feliz azar en el incomparable vergel sevillano un inquieto viajero argentino sediento  de abarcar el mundo con su mirada escrutadora. Era un joven que aún no representaba veinte años y que, después de una larga gira por  distintos países europeos, llegaba de Alemania, Suiza y Mallorca con  el espíritu pletórico de luminosas imágenes y precoces afanes renovadores, sólidamente pertrechado de una vasta cultura, impropia para su mocedad.” Y Cabanellas continuaba señalando que “este flamante amigo no era otro que Jorge Luis Borges, que no obstante su excesiva juventud tenía aspecto desgarbado por el peso que ya soportaba: llevaba las faltriqueras bien repletas de aires nostálgicos y propicios de los voluptuosos lagos ginebrinos y de enfadosa carraspera de filósofos y poetas sajones, amén de un copioso lastre filológico que lo ligaba a las cuatro ventanas del mundo.”[6] Los ultraístas sevillanos se congregaban cada vez más asiduamente en el hotel de los Borges en la Plaza Nueva: “El candente sol de Andalucía y los cielos de las fulgurantes noches sevillanas se adentraron sin pausa en el sensitivo espíritu porteño de ‘Georgie’ -como le llamábamos a Jorge Luis Borges en Sevilla, siguiendo la costumbre de sus familiares, de quienes heredó su exquisito temperamento- reteniéndolo la sensual tierra becqueriana en sus ineludibles candentes entrañas varios meses. Con Adriano del Valle y Vando Villar iba yo con frecuencia al hotel –que creo recordar era el ‘Cécil’, ubicado en la amplia y cuadrada plaza de San Fernando- en el cual se hospedaba Borges. En el hall del hotel, exornado con primorosas lámparas, cerámicas y tiestos sevillanos con claveles reventones, pasamos muchas tardes y veladas, cuyas tertulias inolvidables matizábanse con lecturas líricas, generalmente a cargo del admirable declamador oficial Adriano del Valle. En aquellas lecturas se alternaba con poemas de diversas tendencias estéticas para así complacer a la entonces adolescente hermana de ‘Georgi’ (sic), la actual fina artista Norah Borges de Torre…, que gustaba rematar por igual los finales de Apollinaire y Max Jacob, como los de Rubén, Nervo o Verlaine, con su deliciosa y característica exclamación argentina: ‘¡Oh, qué lindo, qué lindo!’”, recuerda Forcada Cabanellas. En cuanto a su novel poesía, rememora que “furtivamente, temeroso de ser sorprendido en cualquier instante, creaba Borges en las floridas plazas, apuñaladas de ardientes pasiones moriscas, de la ciudad, o por los rincones anegados de silenciosas penumbras soñolientas de su hotel, sus primigenias inquietudes líricas vanguardistas. Un día –ya que actuábamos desde tiempo atrás, complotados con sus familiares, de cautelosos pesquisas- logramos arrancarle un hermoso poema –‘Canción al mar’ (sic)- el que publicó Vando-Villar en la revista Grecia, desflorando así su incontenible y valioso estro lírico en Sevilla”.

Sevilla tenía una intensa y politizada vida literaria, muchas vanguardias, revistas, “un generoso estilo de vida oral, esa atmósfera de reuniones literarias y de cafés, donde la literatura aparecía viva de una manera llamativa; una atmósfera que nunca había existido en Argentina”, rememoraba Borges. El que fuera su primer maestro literario, Cansinos-Asséns, dijo del Jorge Luis Borges ultraísta que “gustó sin marearse del mosto nuevo”, aludiendo a la ecuanimidad de su entusiasmo. Ramón Gómez de la Serna nos lo muestra en su retrato de aquellos tumultuosos días sevillanos como “huraño, remoto, indócil, sólo de vez en cuando soltaba una poesía, que era pájaro exótico y de lujo en los cielos del día”. En lo literario Sevilla parecía anclada en el tiempo. Los escritores más representativos del Olimpo oficial seguían siendo Francisco Muñoz y Pabón, (¡canónigo de la catedral!), novelista costumbrista y por supuesto un prócer hispalense, Luis Montoto, el que fuera amigo de Menéndez y Pelayo y del marqués de Jerez de los Caballeros, patriarca de las letras hispalenses y erudito local con ribetes de polígrafo. Una de las aventuras ultraístas preferidas (de la que participaba Borges) era apedrear la casa de Luis Montoto, toda una declaración de principios estéticos. Nos vuelve a ayudar el testimonio de Forcada Cabanellas: “volvían íntimamente satisfechos de apedrear la casa y destrozar la rancia biblioteca del Cronista Oficial de la Ciudad, el entonces anciano poeta Luis Montoto y Rantenstrauch”. Es sintomático que durante la etapa sevillana, tanto la revista Grecia como la Gran Guignol, dirigida por Manuel Calvo Ochoa, fueron receptoras de los trabajos literarios no solo de Jorge Luis y su hermana Norah sino además del padre, Jorge Guillermo Borges.




 El ayuntamiento de Sevilla colocó una placa-azulejo dónde estuvo la redacción de “Grecia”.

La característica más original de la historia de España contemporánea y de Andalucía, en particular, quizá resida en el extraordinario desarrollo del anarcosindicalismo, desde los principios de su difusión (1868) hasta finales de la guerra civil (1939). Cuando Borges pisa el barrio de Santa Cruz, los afiliados de la CNT sólo en la región catalana (incluida Mallorca) ascienden a 400.000; el congreso de Madrid (1919) representa ya a 800.000 sindicados; en 1920 serán un millón. En Sevilla confirmó su pasión política y literaria: publicó su primer poema y conoció a quien consideró su primer maestro: Rafael Cansinos-Assens. El Borges que llegó a la Argentina repudió silenciosamente su pasado “anarco-comunista” y su fervor soviético se ensombreció con la represión de los antiguos aliados anarco-comunistas despúes de los juicios populares y el motín popular de Kronstadt. La etapa sevillana quedó reprimida bajo la etiqueta implacbale de “equívoco ultraísta”. Su evolución política equívoca quizá lleve oculta, como un gusano enroscado, las propias contradicciones de “Sankt Max” y explica su lenta evolución hacia un anarquismo aristocrático (al estilo, salvando las diferencias, de Ernst Jünger). Pero detengámonos en el tiempo y disfrutemos de este sevillano por adopción: el poema anarco “Rusia” (con ilustraciones de su hermana) fue publicado, como no, en la revista sevillana Grecia, uniendo la técnica ultraísta (metáforas plásticas, concisión, imágenes creadas), con ritmos whitmanianos y el fervoroso anarcomunismo:

“Bajo estandartes de silencio pasan las muchedumbres
y el sol crucificado en los ponientes
se pluraliza en la vocinglería
de las torres del Kremlin
El mar vendrá nadando a esos ejércitos
que envolverán sus torsos
en todas las praderas del continente
En el cuerno salvaje de un arco iris
clamaremos su gesta
bayonetas
que portan en la punta las mañanas”



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[1] Justo R. Molachino, Jorge Mejía Prieto: Borges ante el espejo, Lectorum, México, 2005, p. 59
[2] Ver: Guillermo de Torre: Literaturas europeas de vanguardia, Editorial Renacimiento, Sevilla, 2001,, p. 89; el original es de 1925.
[3] Borges; Jorge Luis: Cartas del fervor. Correspondencia con Maurice Abramowicz y Jacobo Sureda, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, Emecé, Barcelona, 1999.
[4] Firmado como José-Luis Borges, en: Grecia, Año 3, Nº 38, Sevilla, 20, enero, 1920.
[5] J. M. Barrera López: “Borges en Sevilla”, en: Anthropos, 142-143, 1993, p. 158
[6] Manuel Forcada Cabanellas: De la Vida Literaria. Testimonio de una época, Editorial Ciencia, Rosario, 1941, pp. 75-76.

Fuente : Polvo.com