sábado, 10 de febrero de 2018

Borges y Lugones: el falso discípulo


 
La Biblioteca Nacional Mariano Moreno  (BNMM)  inauguró el miércoles 7 de febrero la muestra El Falso Discípulo  en el Centro de Estudios y Documentación Jorge Luis Borges, México  544, en el marco del 80 aniversario de la muerte de Leopoldo Lugones  que conmemoramos en conjunto las dos bibliotecas. Por su parte la Biblioteca Nacional de Maestros ( BNM)  inaugurará la exposición  El hacedor el 19 de febrero a las 18 hs. en Pizzurno 953.

La muestra contiene  mobiliario original  utilizado por los escritores en sus cargos de directores, Leopoldo Lugones en la BNM y Jorge Luis Borges en la BNMM.  También se exhiben manuscritos, primeras ediciones, documentos, fotografías, gigantografías y líneas de tiempo para situarse cronológica e históricamente así como fragmentos de  las bibliotecas personales de ambos escritores.
Borges y Lugones: el falso discípulo aborda la relación entre dos de los más grandes escritores de nuestra literatura y transita la peculiar manera en que el autor de Ficciones leyó tempranamente, desde la impugnación juvenil y bajo la óptica del ultraísmo, la obra del poeta modernista, para luego posicionarse frente a ella manifestando en sus escritos la aversión ante lo artificioso e injustificadamente barroco de esa poesía, pasando por la disputa en torno a los orígenes de la literatura nacional y el Martín Fierro, hasta la reconciliación, en forma de homenaje-mímesis, en su obra de madurez.


 A partir de diversos materiales, que incluyen una parte del mobiliario original que utilizaron como directores Leopoldo Lugones en la Biblioteca Nacional de Maestros y Jorge Luis Borges en la Biblioteca Nacional, manuscritos, primeras ediciones, material hemerográfico, documentos y fotografías, se intenta reconstruir los vaivenes de ese vínculo que fue reflejo de una parte importante de la vida cultural de nuestro país. Asimismo, se despliegan una serie de dispositivos visuales, gigantografías y paneles, que desarrollan, a partir de similitudes y diferencias, aquellos temas decisivos en esta relación: la discusión en relación a las formas de la poesía, el lugar del Martín Fierro en la literatura argentina, la figura del suicidio y, muy especialmente, su condición de lectores. En relación a este último tema, se expondrán libros pertenecientes a las bibliotecas personales de estos dos grandes escritores argentinos.

El hacedor aborda la relación entre dos de los más grandes escritores de nuestra literatura, Leopoldo Lugones y Jorge Luis Borges: desde sus lecturas comunes del entre-siglo, la impugnación juvenil que hace Borges creando una contra-vanguardia, su posicionamiento crítico ante la rima y la prosa de Lugones, hasta por último, la reconciliación en su obra de madurez.

Lugones fue un hacedor, que supo transformar su producción de conocimiento en hechos concretos de gestión e innovación, posicionándose como vanguardia en el campo literario, prediciendo desde su herencia filial y su ecuación política los futuros derroteros de nuestra nación. Su cuerpo y su pasión se ponen en juego en los múltiples campos donde idea y ejecuta, en todo su ondulante devenir ideológico en pos de una patria. Su paso por la educación como ensayista, investigador y funcionario, sus 23 años de director en la BNM, su rol en el Consejo Nacional de Educación y su pasión por la promoción de la lectura en los niños, nos muestran una ruta que quiere seguir un parangón sarmientino.

La Biblioteca Privada de Lugones aportará otras esferas: la filología y su obsesión por la etimología, la ciencia que también lo recibirá en su seno así como la religión y el ocultismo convivirán con la mitología griega y romana. Las tensiones y contradicciones del entre-siglo vivido lo perseguirán en un tumultuoso derrotero que terminarán con un gran amor y su suicidio.

A partir de diversos materiales- mobiliario, manuscritos, primeras ediciones, material hemerográfico, documentos y fotografías- se reconstruirán las facetas de hacedor de Lugones. Asimismo se desplegarán dispositivos visuales- gigantografías, paneles sumados a experiencias multimediales- que darán cuenta de su condición de posmoderno latente en una existencia de entre-siglo que no pudo cerrar muchas cuentas personales ni vivir los años venideros de la Argentina que le hubieran aportado nuevas tarimas para arengas patrióticas y páginas para actualizar sus escrituras.

Fuente: Biblioteca Nacional y  Biblioteca Nacional de Maestros


lunes, 5 de febrero de 2018

Borges, aún




Por Arturo Carrera

"Hace ya varios años, en París, de paso para Arles donde iba a traducir a Yves Bonnefoy, tuve el honor de ser recibido por él en su despacho del Collège de France"

Hace ya varios años, en París, de paso para Arles donde iba a traducir a Yves Bonnefoy, tuve el honor de ser recibido por él en su despacho del Collège de France. Cuando ya nos despedíamos me refirió esta anécdota o escena que por su profundidad -según confesó-, lo obsesionaba.

Después de recibir él mismo a Borges en el Collège, la magnitud de ese encuentro y la brevedad del mismo, con la sala atestada de estudiantes y curiosos lectores de ambos poetas, con tanto hacinamiento e histeria que hubo que llamar las ambulancias, y al enterarse poco tiempo después de que Borges estaba gravemente enfermo en un hospital de Ginebra, deciden, él y su amigo Jean Starobinsky, ir a visitarlo. Al llegar, no se le ocurrió otra cosa que preguntarle a Borges acerca del poeta Virgilio. Y Borges, puedo imaginarlo, respondió súbitamente: "¡Caramba, Virgilio! ¡Un gran escritor, ¿no? ¡Pero no se olviden de Verlaine!" Y después, al despedirlos, se incorporó levemente en su cama y repitió: "¡No se olviden de Verlaine!" Y cuando en la galería estaban por tomar el ascensor oyeron una vez más la voz trémula que dijo: "¡Verlaine!"

Más allá del misterio de las conversaciones, que sólo parecen producirse para responder a un designio secreto, al ritmo inexorable de palabras que en silencio y cambiadas perpetúan un nuevo atisbo de historias y relatos, Bonnefoy vivió la escena como "un pensamiento profundo", así me dijo.
Pero a pocos días de mi regreso a Buenos Aires, en una reunión de amigos, y habiendo contado esta misma anécdota que obviamente a mí también me impresionó, el escritor Ricardo Piglia se acercó y me dijo: "Qué extraordinario, Arturo, pero ¡no te olvides de Lezama! ¡No te olvides de Lezama!". Se refería al poeta cubano José Lezama Lima.

Un pensamiento casi como un koan zen, el de Piglia, quizá sin menor profundidad que el de Borges, y bajo una apariencia irónica que me ligaba a la búsqueda incierta de una identidad poética. Me desataba, me liberaba de las cadenas de Tántalo... Lezama puso entre nosotros, me refiero a mi generación, me refiero a esa vanidad llamada generación, la idea de que la sobrenaturaleza no se opone al ser.

Sin duda Bonnefoy había encontrado también en Borges, en esa expresión profunda que aludía al ritmo, al "alma como nudo de ritmos", el pensamiento de una destantalización: Tántalo, por el poeta cubano Virgilio Piñera, que en un famoso artículo de 1947 conjeturó que todavía no se había elucidado -del mito de Tántalo- si los dioses ataron a Tántalo o él solo se impuso "el dulce tormento", que era mirar los frutos sin tocarlos siquiera. El artículo estaba dedicado a la literatura argentina de esa época y el concluyó: "A los argentinos, el mundo que los rodea, por su informidad y riqueza, les parece contradictoriamente demasiado pobre, y buscan una sobrenaturaleza: un orbe metafísico gratuito, pleno de categorías intelectuales, planes de evasión, aporías zenonísticas, mores geométricos y mónadas leibnizianas".

¿Puede pensarse ese tantalismo como una anticipación de lo que después se llamó barroco y neobarroco latinoamericano, o en todo caso, neobarroco argentino, platino?

Piñera lo aplica evidentemente a Macedonio Fernandez (a quien llama "un orbe metafísico gratuito", y de quien toma la palabra tantalización), a Bioy Casares ("pleno de categorías intelectuales y planes de evasión", dice), y sobre todo a Borges ("aporías xenonísticas y mónadas leibnizianas"). Y trae también aquel pensamiento de Hegel: "América es un continente sin historia". Pensamiento que, según él, seguía en pie. "Nuestros escritores existen pero no son o son poco", concluye Piñera. El escritor tantalizado de Piñera no es sólo el que se excede en ornamentación y sobrenaturaleza, sino también el que no logra darse "carta de naturaleza creadora". Alude directamente a Borges cuando dice: "...de sus relatos metálicos, diamantinos, se sale con la certeza de que no nos serán necesarios en lo venidero". Y añade: "¿No es acaso lo que Borges deja oculto en su obra, tan valioso por lo menos como lo que ella expresa? ¿Por qué no se aventura a entregar a sus lectores esos ocultos.Tal cosa equivaldría al cese automático de su tantalismo."

Obviamente no me olvido de Lezama Lima, que para mí vino después y fue el más tantálico de todos. Como su adorado José Martí, colonizó el espacio mítico de la sobrenaturaleza con ideas tan profundas y líricas y tantálicas como las de Macedonio Fernández y Oliverio Girondo. Pero tampoco me olvido de Juanele Ortiz, que fue el inventor de una gramática de la felicidad en la sobrenaturaleza.

Estos tantalismos sacralizaron el secreto y el misterio de la poesía en América Latina.

Podemos establecer coincidencias, relaciones, antagonismos. Pero el legado de Borges, a mi entender, permanece como una lenta interrogación sobre el ser, sobre el conocimiento que él no aceptaba comprender. Sus "ocultos" fueron sus poemas. Se dijo agnóstico porque descreía de la tarea del conocimiento. El conocimiento le parecía imposible. Aceptó las teorías de los filósofos como ficción, pero también abominó de la ficción.

Ahora bien, sin duda debo advertir que hubo un eclipse o denegación de la poesía de Borges por parte de las jóvenes generaciones argentinas. Sobre todo en los años noventa. En un ensayo del poeta y crítico Edgardo Dobry leemos: "...dentro del sistema de consagraciones y condenas que constituyen las literaturas nacionales, hay algunos olvidos no menos voluntarios que la memoria proustiana. El crítico se siente tentado de leer toda la poética objetivista justamente como un intento de fundar un sistema de la poesía argentina que excluya por completo la figura de Borges. Es cierto que la losa borgeana es mucho más pesada en la prosa que en la poesía; es difícil leer a un narrador o a un ensayista rioplatense de las últimas generaciones cuya prosa no esté viciada de borgeanismo en mayor o menor grado. Sin embargo, la impregnación de lo que podríamos denominar la ideología literaria de Borges, ese imaginario por el cual se hace difícil escribir en Argentina sin sentir la voz del "maestro", invadió desde los años setenta el entero campo de las letras en Argentina. En este sentido, lo provocativo de los poetas de los noventa, desde la reivindicación de la "poesía peronista" de Lamborghini hasta la visión de un Buenos Aires severamente desmitificado y captado en sus aspectos más brutales y guarangos, sería un gesto de nítida raigambre antiborgeana."

No obstante, me atrevo a reivindicar en la poética de Borges, algo que ya estuvo implícito en su valoración del poeta Evaristo Carriego, en su libro Evaristo Carriego. Acaso achacarle a Borges sus dimisiones del verso vanguardista o su falta de acercamiento a las renovaciones y transgresiones linguísticas de los poetas contemporáneos que él no leía (o que fingía no poder leer) sea un gesto bastante reduccionista. Creo que Borges sostuvo hasta el final de su vida una apuesta ligada a la poesía como salvación. Algo así como: la poesía puede salvar al escritor del anonadamiento de presencia que da la ficción. Borges se refiere a Carriego diciendo: "Yo he sospechado alguna vez que cualquier vida humana, por intrincada y populosa que sea, consta en realidad de un momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es". Y al referirse a los escritos de la poeta Norah Lange define la novela y la poesía así: "Novela es colaboración de destinos o contienda o actuación recíproca de ellos; poesía es la confesión de un solo destino y su producción de esperanzas."

Me atrevo a señalar aquí un aspecto (ético) de la voluntad poética de Borges. Y quiero citar una reflexión del poeta Yves Bonnefoy acerca de este aspecto de la escritura de Borges. Bonnefoy conjetura que Borges quiso redimir al escritor moderno; que quiso redimirlo de la ficción. Escribe: "Cuando Borges escribe ficciones siempe evoca seres, no imita la riqueza de la existencia: no construye más que figuras esquemáticas en el espacio estricto de esos apólogos donde habla del drama de la escritura y de la desgracia del autor".

De Carriego (de quien sólo para referirnos superficialmente a su poesía podríamos decir que fue un poeta de barrio, sencillo y popular), Borges admiraba la valentía de atraer hacia su escritura la vida cotidiana en una versión o epifanía o revelación casi épica. Una épica de lo ancilar de la existencia, si pudiéramos imaginar un genero así.

De modo que el apólogo del que nos habla explícitamente Bonnefoy, y la alegoría, la parábola de la que se deduce siempre una enseñanza moral y hasta un consejo práctico aplicado incluso a su poesía, parece decir: "sólo lo que es trasciende la ficción" y la poesía parece una aliada de lo que es, y sólo en eso está su devenir y su dolorosa estrategia.

Creo que Borges permanece aún en esa rara escena donde alienta la idea de una poética redentora. Sólo poemas en prosa, apólogos y prosas breves que son poesía.Y estimo que los jóvenes poetas de finales del siglo XX y principios del actual acaso lo ignoran, pero trabajan, sin embargo, siguiendo líneas que no contradicen, ni formal ni temáticamente este aspecto esencial de la obra borgeana.

Fuente: La estafeta del viento

miércoles, 31 de enero de 2018

Los mundos de Ursula K. Le Guin: entre la fantasía y la sombra de Borges




La escritora estadounidense, maestra de la ciencia ficción y el fantasy, encontró un alma gemela en el autor argentino; los pasajes del taoísmo a los universos imaginarios

Martín Hadis

Ursula K. Le Guin fue, sin duda, una de las más grandes escritoras de ciencia ficción, pero esa definición resulta insuficiente para abarcar la originalidad de su obra. Quizá sea más exacto describirla como una creadora de mundos, a los que consideraba metáforas necesarias para entender las peculiaridades del nuestro. En esto, reconocía su afinidad con Jorge Luis Borges. Y tenía además escuela propia: su padre fue el célebre etnógrafo Alfred L. Kroeber, quien estudió en la Universidad de Columbia con Franz Boas e hizo importantes aportes a la etnografía de las tribus de California y la clasificación de lenguas nativas; su madre fue también antropóloga y recopiló relatos y leyendas de esas mismas tribus. "Los escritores de ciencia ficción" -dijo una vez Le Guin- no suelen tener demasiado interés por las personas. Pero yo sí. Me inspiro mucho en las ciencias sociales... Cuando creo otro planeta, otro mundo, intento sugerir siempre la complejidad de la sociedad que estoy creando".

La antropología es una disciplina fascinante y a menudo paradójica: se la puede definir en pocas palabras, para luego comprobar que no hay consenso sobre el significado de esas palabras. Es correcto afirmar, por ejemplo, que la antropología estudia la cultura humana, pero un artículo sobre esta cuestión que Alfred L. Kroeber (el arriba nombrado padre de Ursula) escribió en 1952 en colaboración con Clyde Cluckhohn ofrece no menos de 160 definiciones de "cultura". Tal vez sea más útil afirmar que la antropología estudia la diversidad de experiencia humana a lo largo del espacio y del tiempo, con énfasis en aspectos culturales, lingüísticos, sociales y políticos. Mediante estos enfoques, intenta responder preguntas fundamentales de la humanidad: ¿quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos?

Podría decirse entonces que lo que hacía Ursula K. Le Guin era "antropología-ficción": la creación imaginaria de otros pueblos con sus respectivas cosmovisiones, lenguajes y mitologías. Así, su Ciclo de Hain tiene lugar en un universo ficticio en el que la humanidad no es originaria de la Tierra, sino de un planeta mítico que ha sembrado su semilla entre las estrellas en tiempos insondables para luego cesar todo contacto. Tres libros de ese ciclo son de lectura ineludible: El nombre del mundo es bosque, La mano izquierda de la oscuridad y Los desposeídos.

Pero Le Guin no escribió solamente ciencia ficción, también tuvo aportes destacados en el rubro de la literatura fantástica y lo que se da en llamar "fantasía": los libros más representativos de ese género corresponden al ciclo de "Terramar ", originariamente compuesto por tres volúmenes. Como J.R.R. Tolkien, a quien consideraba un predecesor, Le Guin creó mundos exquisitamente detallados. Existe, sin embargo, una diferencia significativa entre ambos: en tanto que Tolkien vislumbró ámbitos imaginarios en los que el bien y el mal están nítidamente demarcados, y esos dos bandos se enfrentan en combates épicos y grandiosos, los relatos de "Terramar" abundan en distinciones más sutiles. Le Guin mantuvo siempre una fascinación peculiar por la ambigüedad, las contradicciones aparentes y las múltiples interpretaciones de un mismo hecho. No es de extrañar por lo tanto que, en esa misma línea, haya expresado un singular interés por la obra de Borges, a quien llamó "un escritor central para nuestra literatura". En 1988 se publicó la traducción a lengua inglesa de la Antología de la literatura fantástica (que Borges había escrito en colaboración con Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo). El prólogo estuvo a cargo de Le Guin, quien lo incluyó luego en su libro La onda de la mente. Allí describe a Borges con las siguientes palabras: "Sus poemas y relatos, sus imágenes de reflejos, bibliotecas, laberintos y senderos que se bifurcan; sus libros de tigres, de ríos, de arena, de misterios y fugacidades, son mundialmente admirados, porque son bellos, porque alimentan nuestro espíritu y porque cumplen la función más antigua y urgente de las palabras: el crear para nosotros 'representaciones mentales de cosas que no están en realidad presentes', de tal manera que logremos formar, a través de ellas nuestras propias opiniones acerca del mundo en que vivimos, y dentro del mismo, hacia donde podríamos dirigirnos, de qué cosas podremos alegrarnos, y a cuáles de ellas deberíamos temer".

Este párrafo de Le Guin no solo constituye una lectura lúcida y precisa del genio borgeano, es también casi una confesión de afinidades manifiestas: la belleza lograda a través de narraciones que cuestionan los cimientos mismos de nuestra percepción y realidad mediante enigmas que se abren en sentidos múltiples al reflejarse en sucesivos lectores. Cabe recordar aquí estas palabras del autor de Ficciones: "Yo prefiero soñar [...] Kipling dijo que a un escritor le es dado escribir una fábula, pero no conocer la moraleja que se desprende de ella, ya que los lectores pueden llegar a interpretarla de un modo muy diferente de la intención que el autor tuvo al escribirla. De manera que yo intento [...] seguir pensando en metáforas o en fábulas más que en argumentos".

Por su lado, en el prólogo a su novela La mano izquierda de la oscuridad, Le Guin afirma: "Toda ficción es una metáfora... También lo son los viajes espaciales o una sociedad o una biología alternativa; lo es también el futuro: el futuro en la ficción es una metáfora. ¿Una metáfora para qué? Si fuera capaz de responder a esa pregunta de un modo no metafórico, no habría escrito esta novela...".

Le Guin leía a Borges con fruición y lo citaba con frecuencia. En una entrevista de 2002 la autora relataba su personal relación con nuestro idioma. "Hace unos diez años estaba hojeando una traducción de uno de mis libros (creo que Un mago de Terramar) al castellano. Y pensé: Esto es tan parecido al italiano que puedo leerlo... después de todo, yo sé bien de qué trata 'este libro'. Y entonces leí un par de libros míos más en traducción al castellano y así pude empezar a captar el idioma. Y seguí leyendo. Y encontré que podía leer a Borges. Y si puedo leer a Borges, ya puedo leer cualquier cosa. No fue fácil, pero he aprendido gradualmente a leer en castellano, [...] aunque no puedo hablarlo".

El otro lado

Otra afinidad entre Le Guin y Borges está dada por el taoísmo, esa antigua doctrina filosófica y religiosa china que describe el orden natural del universo mediante un principio único e inefable, y que se manifiesta en la realidad como una continua búsqueda de equilibrio entre opuestos y cuyo atributo más evidente es el cambio. "Sí, he dedicado muchos años al estudio de la filosofía china -dijo Borges en una entrevista-, especialmente el taoísmo, que me ha interesado mucho". Ursula K. Le Guin compartía este interés de Borges, e iba más allá: para ella, el Tao fue también una escuela de vida y una fuente de inspiración que atraviesa casi todas sus narraciones; no en vano los peores enemigos de sus personajes no suelen ser otros individuos, sino ellos mismos, sus prejuicios y sus moldes, que les impiden comprender la complejidad del mundo.

"He regresado [al Tao] a través de los años -afirmó Le Guin - y siempre me ha ofrecido lo que quiero o necesito aprender. Mi traducción, o versión, del Tao Te Ching es resultado de esa larga y pródiga asociación" El Tao Te Ching es a la vez un libro breve y la piedra fundamental del taoísmo. Le Guin lo tradujo utilizando su característico lenguaje poético. La versión de Le Guin comienza así: "El camino que puedes recorrer/ No es el verdadero camino./ El nombre que puedes pronunciar/ No es el verdadero nombre [...]/ Dos cosas, un origen,/ con distintos nombres/ cuya identidad es misterio/ ¡Misterio de todos los misterios!/ La puerta a lo que está escondido".

En la concisa nota al pie que ondula, de manera tenue y casi imperceptible, inmediatamente debajo de esos versos, Le Guin agregó esta afirmación que es quizá su mejor homenaje al gran escritor argentino: "Creo que lograr una traducción satisfactoria es imposible porque, en cierto modo [este primer capítulo del Tao Te Ching] abarca todo el resto del libro. Para mí es como un Aleph, como el que Borges describe en su cuento: si lo miras correctamente, contiene absolutamente todo".

Fuente: La Nación

domingo, 28 de enero de 2018

Daniel Mordzinski: El muchacho que fotografió a Borges



GUSTAVO TATIS GUERRA

Daniel Mordzinski (Buenos Aires, 1960) se ha pasado los últimos cuarenta años fotografiando a los escritores del mundo. Tiene el atlas más grande de Las letras del universo, de los cinco continentes, ha tendido puentes entre el Mediterráneo, el Pacífico y el Caribe, y su alma siempre joven y alerta, descubre en cada rostro el espíritu que vincula a cada ser con el tejido misterioso de las palabras.

Era un muchacho de 18 años cuando vio por primera vez a Jorge Luis Borges, sentado en la luz oblicua de la Biblioteca Nacional, entre dos sombras, vestido entero, de negro, con una corbata, y la nieve erizada de las hebras de su cabello levantado al cielo. El muchacho entró junto a su profesor, el director de cine Ricardo Wullincher, quien lo eligió como segundo ayudante para la filmación de Borges para millones.

El título extraño era otra manera de evadir los cercos de la represión que se cernía por aquellos años, que estaba como sombra indigna en los proyectos de los creadores, algunos de ellos, independientes y contestatarios ante todas las formas del autoritarismo de dictadores y regímenes conservadores ortodoxos. El muchacho Daniel Mordzinski estudiaba cine. Y con la cámara prestada de su padre, fue a acompañar a su profesor para aquella filmación.

“Pero no tenía la menor idea de que íbamos a encontrarnos con Borges”, me cuenta Daniel, sonriente, con su paso veloz por Hay Festival Cartagena 2018. Tampoco era consciente que aquel día en Buenos Aires, empezaba su destino de fotógrafo de los escritores del mundo. “Es increíble, me lo estás preguntando, y descubro que se cumplen cuarenta años de aquel día. Yo me acerqué tímidamente a Borges, y le dije que quería hacerle una foto”.

El rostro de Borges se ladeó con ternura buscando la luz de la voz, y levantó la mano para tocar el hombro del muchacho. “¿Cómo te llamas? -le preguntó-”. “Daniel Mordzinski, tengo 18 años”. “Qué bien, Daniel”, le dijo Borges. “Tú sabes que soy ciego, y me preguntas si quiero que me hagas una foto, pero eso demuestra que eres respetuoso, otro ser humano con cámara hubiera podido hacerme la foto sin decirme nada, y yo no me habría dado cuenta. Pero has tenido la delicadeza de preguntarme. Así, Daniel, puedes hacerla”. Daniel quedó petrificado de emoción. Y solo dijo: “Gracias, maestro. He leído sus cuentos y poemas”. Borges sostuvo su rostro ladeado y expectante siguiendo el camino de la voz, y le pregunto: “¿Cómo te han parecido, Daniel, esos cuentitos y esos poemitas?”.

Daniel le respondió intimidado de felicidad y de perplejidad: “Me encanta todo lo que escribe, maestro. Usted es capaz de atrapar el universo entero con sus palabras”. “Eres generoso”, le dijo Borges. Daniel encuadró la imagen de Borges en medio de la sombra y un leve resplandor que entraba a la biblioteca.

El rostro de Borges estaba levantado, como si mirara el infinito. En el instante en que disparó su cámara, la mano aparentemente anónima del director se agregó al paisaje, y Daniel se sintió perturbado por aquella mano sola en la sombra que parecía señalar a Borges. Durante años creyó que aquella mano solitaria en el aire había perturbado el conjunto de la imagen en blanco y negro, que se volvió icónica de Borges, pero a medida que pasan los años, la mano sola parece el mismo Dios señalando a Borges, y ha cobrado un inusitado y enigmático protagonismo.

“Borges me hizo sentir que yo era un hombre muy mayor, y que el jovencito de 18 años era él. Y allí aprendí la primera gran lección de mi vida: que la grandeza de un artista radica en la humildad”, dice Daniel, bajo la luz brillante de este enero en Cartagena. Aquel halo de luz que está sobre Borges en la sombra, ilumina el misterio de aquel instante que se parece al destino del mismo Borges, y de Daniel que, a lo largo de estos cuarenta años, ha sido el más sensible, ingenioso, innovador, creativo y singular cazador de instantes en las vidas de miles de escritores de todos los rincones del planeta.

Las últimas fotos de García Márquez sentado al borde de la cama, mirando la luz del tiempo que se desvanece en una habitación, las hizo él. Como también hizo las fotos inolvidables de Julio Cortázar, Guillermo Cabrera Infante, Umberto Eco, Ernesto Sábato, Adolfo Bioy Casares, Octavio Paz, Mario Vargas Llosa, J. M. Coetzee, Orhan Pamuk, Michel Houellebecq, entre miles. No hay un Premio Nobel de los últimos treinta años que no haya pasado por el lente de Daniel. Y no hay un solo escritor del continente que no haya sido captado por su intuición y su clarividencia. A Álvaro Mutis lo retrató desde la tierna mirada de su gato en su patio sembrado de plátanos azules. A la bellísima poeta árabe Joumana Haddad la fotografió mirando el mar de Cartagena. A Mario Vargas Llosa lo fotografió empujando la carreta literaria de Martín Murillo, en el Parque San Diego.

Epílogo
Daniel es perfeccionista y obsesivo con todo lo que hace. Lo veo delinear cada foto de su exposición de retratos de escritores que exhibe en los pasillos del Hotel Santa Clara, y está pendiente de que, entre una y otra foto, haya equilibrio, armonía, belleza sincronizada, incluso, desde la luz y sus colores. Ahora veo a Orhan Pamuk, Premio Nobel de Literatura 2006, el espléndido novelista de Estambul sosteniendo una manzana roja. Daniel captó el instante en que la luz de la manzana y la luz de la sonrisa de Pamuk, se confabulan en un halo de picardía. Muy cerca de esa foto, está otra vez, como un milagro, Borges con su rostro ladeado buscando la luz de la voz y del enigma de aquel instante de 1978, y el muchacho con su cámara intentando atrapar para siempre el misterio inasible de la belleza.

Fuente: El Universal  - Colombia

sábado, 20 de enero de 2018

José Hernández y Borges, traducidos por primera vez en la India




Dos clásico argentinos se leerán tanto en hindi como en bengalí.
         
Jorge Luis Borges, el argentino más universal, y José Hernández, autor del Martín Fierro, llegan a la India por primera vez. Mediante el Programa Sur, que subsidia traducciones de obras de autores argentinos en otras lenguas a través de la Dirección de Asuntos Culturales de la Cancillería Argentina, se publicó en hindi Ficciones: diez cuentos, la selección de relatos Borges.

Esta novedad editorial está acompañada del Martín Fierro en bengalí, la segunda lengua más hablada de la India, después del hindi, y además la lengua oficial de Bangladesh.

Es la primera vez que Borges se traduce a una de las dos lenguas oficiales de la India (la otra es el inglés que dejó la colonización británica) y en esto trabajó sin pausa la embajada argentina. El libro es una selección de diez cuentos de Ficciones, entre los que están algunos de los más famosos de Borges, como El Sur, La biblioteca de Babel o Funes el memorioso.
 

Ficciones surgió de la fusión de dos libros: "El jardín de senderos que se bifurcan, compuesto por ocho relatos, entre ellos dos narraciones breves, Pierre Menard, autor del Quijote, y La Biblioteca de Babel. El segundo libro es Artificios, que tiene nueve cuentos. Tres de ellos, los más conocidos, son La muerte y la brújula, Funes el memorioso, y El Sur. Este último, según dijo Borges en alguna entrevista, era su "mejor cuento".

La presentación del volumen tuvo lugar el pasado la semana última en la Feria del Libro de Nueva Delhi, capital de la India. Allí estuvieron reunidos el editor indio con los traductores. Y si algo se puso de relieve fue el esfuerzo por llevar el universo de Borges a la lengua hindi, ya que antes sólo podía ser leído en inglés.

En tanto, el Martín Fierro, de José Hernández, que ya tiene traducciones a más de una treintena de idiomas, en esta ocasión tiene una edición especial bilingüe española-bengalí. La obra gauchesca tiene ilustraciones originales del artista argentino Pablo Ramírez Arnol, que vive en Bombay, lo que hace del volumen una edición única.

La traducción al bengalí del Martín Fierro fue un proceso largo. Se trata de una poética que abunda en giros regionales y tiene un glosario gauchesco, por lo cual exigió que la agregaduría cultural de la embajada asesorara los traductores literarios.

El foco del Programa Sur es apoyar la traducción de la literatura argentina en el exterior. Financia la edición de obras nacionales en cualquier otro idioma. Según ha expresado la Cancillería se trata del programa más importante entre los países hispanohablantes. Desde su creación ha subsidiado las traducciones de más de 1254 obras a 47 lenguas en 43 países diferentes.

Fuente: Primera edición


jueves, 18 de enero de 2018

Borges en laberintos cubanos



Jesús Mira

Fue en el primaveral 16 de setiembre de 1985, es decir, veinticinco años atrás, cuando Buenos Aires recibió al genial escritor cubano Roberto Fernández Retamar, quien era portador de una delicada misión: entrevistar a Jorge Luis Borges para ponerlo en conocimiento de que en Cuba habían decidido editar una antología con parte de su producción (poemas, cuentos y ensayos). Se necesitaba el acuerdo del escritor argentino, sobre todo porque algunas de las creaciones que los cubanos querían incorporar al futuro volumen no figuraban en sus Obras completas, dado que el autor no había autorizado su inclusión en estas últimas.

Como era de dominio público, Borges no manifestaba simpatía alguna por la Revolución Cubana y… finalmente, Fernández Retamar venía con el encargo de hacerle un sensible pedido: que cediera sus derechos de autor en esa puntual edición, porque como consecuencia del bloqueo norteamericano, la editora cubana no disponía de suficientes divisas, por lo que no estaba en condiciones de abonar los honorarios que legalmente le correspondían.

El caso es que Retamar llegó a la Editorial Hyspamérica, donde lo aguardaba su director, el generoso e inteligente Jorge Lebedev, quien había dirigido la colección personal de Borges con la colaboración de María Kodama. Ambos se habían comprometido a gestionar la entrevista.

Retamar y Lebedev toman entonces contacto telefónico con Kodama, y momentos después llegaba la voz de ella con la tan ansiada respuesta:

–Sí… dice Borges que puede venir ahora.

Posteriormente escribiría Fernández Retamar:

    El viaje demandó sólo algunos minutos, que me parecieron demasiados. Hasta que al fin me encontré frente al número 994 de la calle Maipú. En el sexto piso, la propia María Kodama me abrió la puerta. Me sentí impresionado por su belleza y la austeridad del piso.

Al entrar, Borges le pregunta:

    – ¿Qué edad tiene?

    – Cincuenta y cinco años –responde Retamar.

    –Pero si es un pibe, che… Yo tengo ochenta y seis.

    –Sí, pero yo vivo en el tiempo y usted ya está en la eternidad, que ha historiado, así como también ha refutado al tiempo –puntualiza Retamar.

    –Tampoco Borges es sucesivo.

    –En todo caso, de mis cincuenta y cinco años, he pasado unos cuarenta leyéndolo a usted.

    –Me excuso… –dice Borges.

Los dos intercambian opiniones sobre el Martín Fierro, sobre su autor y otros escritores latinoamericanos.

Retamar le comenta que en su juventud ya lo leía en un barrio orillero llamado La Víbora, y ante la pregunta de Borges: ¿Dónde está ese barrio?, Retamar contesta:

    –Queda en La Habana, capital de un país llamado Cuba, cuyo régimen político yo sé que usted no aprecia demasiado… Pero ni siquiera eso puede impedir que usted tenga allí millares de lectores, millares de admiradores.

Borges le hace un reclamo:

    –Hay textos que usted no puede poner en su selección –y menciona tres títulos, uno de ellos, “El hombre de la esquina rosada”.

Pero el autor cede al fin, y ese cuento estará en el volumen cubano.

Y así se llega al momento más espinoso de la entrevista, cuando Retamar le plantea el tema de los derechos de autor:

    –Lo que no podemos es enviarle dólares.

El escritor argentino acepta las condiciones con una definición muy borgeana:

    –A mí no me interesa el dinero.

Breve, contundente y satisfactoria contestación.

La tarde se había hecho noche y cubría con su oscuro manto a la Reina del Plata. Roberto Fernández Retamar se despedía con el compromiso de entregarle a Borges en persona varios ejemplares de la antología cubana de sus obras.

Poco tiempo después, fallecía en Ginebra Jorge Luis Borges, y aquel volumen se publicaba en Cuba con un éxito inusitado. La destacada pintora argentina Hilda Heller, que en aquel momento vivía en la isla, me relató a su regreso que “en sólo tres días se agotó la antología de Borges en las múltiples librerías cubanas”.

Fernández Retamar no pudo cumplir con la promesa de entregar el libro en manos de su autor. Él mismo había escrito el prólogo (lo que enriqueció la antología), en el que incluyó este final:

    Cuando falleció Miguel de Unamuno, Borges redacta una sentencia con la que quiero terminar por parecerme justa en ambos casos: “El primer escritor de nuestro idioma acaba de morir”.
Fuente: Centro Cultural de la Cooperación