jueves, 19 de abril de 2018

Cómo mezclar a Borges con Eros Ramazzotti



Alejandro Lingenti

La última palabra del último cuento que escribió Borges es Bach: "Di al fin con la única solución para poblar la espera: la estricta y vasta música: Bach". El cuento es "La memoria de Shakespeare", y es la historia de un especialista en Shakespeare a quien un colega le ofrece la posibilidad de donarle los recuerdos del ser humano Shakespeare, que pasan de una persona a otra desde la muerte del dramaturgo. Como todo escritor que resiste el paso de los años, Borges fue un profeta: en este cuento anticipó el concernismo a lo Black Mirror, ese género que imagina un futuro factible; ya hay experimentos de inserción de memoria. En el cuento, el especialista acepta la donación, pero tener los recuerdos de Shakespeare no le suma mucho; la memoria de Shakespeare es tan común como la de cualquier ser humano. Lo único que lo maravilla es cómo ese hombre común llamado William Shakespeare transformó su experiencia ordinaria de vida en "música verbal".

La música del lenguaje, el aspecto sonoro de ese maravilloso invento que nos hace humanos, siempre fascinó a Borges. En "El idioma analítico de John Wilkins", un ensayito sobre la arbitrariedad y la insuficiencia de las palabras, Borges cita un párrafo del inglés Gilbert Keith Chesterton: "El hombre sabe que hay en el alma tintes más desconcertantes, más innumerables y más anónimos que los colores de una selva otoñal...?Cree, sin embargo, que esos tintes, en todas sus fusiones y conversiones, son representables con precisión por un mecanismo arbitrario de gruñidos y de chillidos. Cree que del interior de un bolsista salen realmente ruidos que significan todos los misterios de la memoria y todas las agonías del anhelo".

Ruidos arbitrarios para representar el misterio: eso es, ni más ni menos, el lenguaje. Uno se da cuenta de ello cuando escucha hablar a un extranjero cuya lengua le resulta exótica: no entiende nada, son ruidos sin significado. Irónicamente, Borges representa esta situación en "El inmortal": su protagonista se hace amigo de un troglodita analfabeto e inmortal que resulta ser Homero, quien con el paso de los siglos se había olvidado no solo de su condición de poeta, sino del lenguaje mismo; cuando el narrador pronuncia el nombre de Argos, el perro de Ulises, el sonido del nombre le devuelve la memoria al autor de La Odisea.

Otra de las composiciones narrativas de Borges lleva el título de la obra más larga de Brahms, "Deutsches Requiem". En ella, un nazi condenado a muerte dice: "Dos pasiones, ahora casi olvidadas, me permitieron afrontar con valor y aun con felicidad muchos años infaustos: la música y la metafísica".

A lo largo de su vida, Borges fue perdiendo el sentido de la vista, y eso sin duda influyó en algunas de las observaciones que sembró acá y allá. En "El milagro secreto", ironizó sobre Flaubert y sobre todos aquellos que se obsesionan con el aspecto gráfico, escrito, de las palabras. El secreto de la literatura, parece decir Borges, es escuchar. Y eso fue lo que hizo en sus últimos años. Fue, de algún modo, el primer usuario de audiolibros: distintas personas le leían cuentos y poemas, y él a su vez dictaba los suyos. Esta restricción fortísima que le impuso la vida lo obligó a simplificar al máximo su estilo. Aunque la mayoría de los especialistas prefieren los cuentos más abigarrados de los años 40, cuando todavía veía, muchas de sus composiciones tardías y ciegas (" El otro" o "El libro de arena") son piezas preciosamente sencillas de un hombre que, además, parece haberse reconciliado con la vida en su vejez y en su ceguera.


* Escribo esto mientras veo en YouTube, una y otra vez, un video de una canción que cantaron a dúo Tina Turner y Eros Ramazzotti en Munich, en 1998: "Las cosas de la vida". Me gusta ese juego primal de seducción en el escenario, gruñidos y chillidos en dos idiomas distintos, disparidad etaria y étnica, melodía tosca y pegadiza, distorsión de guitarra ya sin pretensiones revolucionarias, baile sutil y gestos de todo el amor mashupeado posible: un gran número pop olvidado por las nuevas olas. Uno es capaz de disfrutar de los placeres intelectuales y de consumos culturales vergonzantes: de la música verbal y de la música berreta. "Juntás dos cosas que no se habían juntado antes y el mundo cambia", dice el escritor inglés Julian Barnes.



Fuente: Brando  -  La Nación  -  17 de abril de 2018 

Fuente Video: You Tube

miércoles, 18 de abril de 2018

“Lo de Lámaro”, el almacén donde paraba Borges todos los veranos





 Jorge Luis Borges solía visitar en los veranos a Adolfo Bioy Cásares en su estancia "Rincón Viejo", en Villa Pardo (Las Flores, Buenos Aires), frecuentaba un almacén de ramos generales que aún hoy sigue abierto. Viajamos a Pardo y entrevistamos a Cesar Lámoro, quien lo atendía y nos cuenta sus recuerdos con el genial escritor.

Por Leandro Vesco

“Puedo decir que soy un hombre afortunado, le he servido café a Borges” Sencillo y con los ojos húmedos por el recuerdo, Cesar Lámaro nos atiende en su almacén de ramos generales en Villa Pardo, un pueblo que en los veranos se acostumbró a ver a “Adolfito” Bioy Casares y a su entrañable amigo y uno de los mejores escritores del mundo, Jorge Luis Borges, quien frecuentaba el boliche para usar el único teléfono que había en ese entonces.

Villa Pardo es un pequeño pueblo del Partido de Las Flores, bien podría ser un escenario de un cuento de Borges. Pulcro, criollo y con un tiempo propio que lo envuelve en una atmósfera idílica, la comunidad desarrolla una vida feliz. Sus calles arboladas le dan un aire atildado, sus casas bien mantenidas y algunos comercios típicos le brindan movimiento al pueblo que vive al ritmo de los trenes de carga que pasan por su estación, alrededor de la cual se nutre la vida social de esta localidad que durante los veranos tuvo la visita de Jorge Luis Borges.

La Estancia “Rincón Viejo” de la familia de Bioy Casares está a pocos kilómetros de Villa Pardo, “Adolfito”, como lo llama el almacenero y todos los habitantes de Pardo fue el vecino ilustre del pueblo. “Todo lo que el pueblo necesitó, Adolfito lo daba, él siempre quiso mucho a Pardo. Hacía falta una vaquillona para juntar fondos y nos la daba, era todo un personaje” Cuentan que el Cacique Catriel acampó en la estancia y le regaló dos caballos a Juan Bautista Bioy, abuelo de Adolfo.

Sin dudas la presencia de Borges por el Pardo es la historia más buscada. Muchos en el pueblo aún lo recuerdan. Fuimos al Almacén “Lo de Lámaro”, quien lo atendió durante los veranos que llegaba para trabajar con Bioy en los libros que escribieron en conjunto bajo el seudónimo de Honorio Bustos Domecq. El almacén está frente a la Estación, en la vereda algunos muchachos apuran una cerveza mirando el sol caer. “Somos pocos, pero seguimos funcionando”, la familia de César atiende el boliche desde el principio de los tiempos. “Mi padre salía en carreta a repartir huevo y gallinas, antes del amanecer y volvía a la tarde”, a pesar de que hoy su hijo Laureano es el responsable del almacén, César está detrás del mostrador, no podría estar en otro lugar en el mundo. Aquí nos cuenta la historia de Borges en Villa Pardo.

“Adolfito lo traía a Borges, juntos se concentraban para escribir. El encargado de Rincón Viejo una o dos veces por semana lo traía a Borges para hablar por teléfono. En ese entonces teníamos el único aparato de toda la zona. Sino tenías que ir a Las Flores”, nos introduce en la historia César que llama a un ayudante para que atienda los clientes que se acercan, el recuerdo de sus días con Borges, aquellos veranos, le hace cambiar las facciones, le ablanda el rostro. “Para pedir un llamado, él me daba un número de Buenos Aires, yo llamaba a la operadora que estaba en Las Flores y ahí me decía, hay quince llamados antes. Yo le insistía: mirá que es para Borges que está acá. Y ella, me acuerdo, me contestaba: Borges o no, cada vez que me llamas me atrasas todos los llamados. Entonces yo lo hacía pasar a Borges a una cocinita que tenemos atrás y le servía café.  A veces tenía que esperar entre una a tres horas por un llamado, hasta que por fin me llamaban y podía hablar. Era una persona muy buena Borges, en pleno verano aparecía de traje y corbata, era muy sencillo, todavía lo recuerdo ahí sentado en la cocinita, entonces yo era joven, y me quedaba hablando con él. Le interesaban las cosas del pueblo, pero me preguntaba cosas de mi vida”

Villa Pardo sin saberlo fue un pueblo privilegiado. Acostumbrado a verlo a “Adolfito” Bioy Casares y su inmortal amigo Jorge Luis Borges, también tenía una visitante ilustre, Silvina Ocampo, también escritora y esposa de Bioy. César los atendió a todos. Los máximos escritores de nuestro país pasaron por este almacén, caminaron por este pueblo donde la siesta y el aperitivo son una religión. “Silvina venía todos los veranos y se compraba siempre las mismas zapatillas, marca Indiana, talle 38, amaba esas zapatillas, tenía debilidad. Parece que fue ayer cuando entraba por la puerta y me preguntaba si había Indianas”

Cesar Lámaro, rodeado de recuerdos, fija su vista al techo del almacén, acaso para poder ayudar a su memoria a revivir las conversaciones con Jorge Luis Borges. Esos diálogos deben atravesar décadas y tantos veranos, en el medio el cambio tecnológico “Ahora todos tienen teléfono, pensar que Borges esperaba tres horas por un llamado!”, pero como los últimos rayos del sol que se dejan ver por entre las hojas de los árboles que están en la vereda del almacén, ese hombre de saco y corbata, considerado uno de los mayores escritores de la humanidad, vuelve al almacén de Villa Pardo. “La última vez que hablé con él me preguntó si estudiaba, entonces yo había dejado la escuela. Me decía: m´hijo tiene que estudiar. Aunque trabajar está bien, estudiar es otra cosa. Y aunque usaba bastón, veía”, Cesar queda mirando las vías brillantes donde se reflejan los últimos bostezos del sol, las mismas que vieron pasar en este rincón de la pampa bonaerense a uno de los más grandes escritores del mundo. Universal y criollo, así, dicen, fue Borges.

Fuente: El Federal

domingo, 15 de abril de 2018

Olga Orozco: Jorge Luis Borges en su historia de la eternidad *



 Soy de un país áspero, desmemoriado, indiferente y extendido, en el que las llanuras desnudan cada piedra, la señalan, la acusan, delatan al viajero solitario, y los crepúsculos son insoportables porque se prolongan hasta la extenuación amenazando con una eternidad sin sueño. Tal vez por lo primero Borges se nos antoja siempre desmesurado en su intemperie (como a los héroes, como a los espíritus de la visitación, nunca lo hemos visto de tamaño natural); y quizá por lo segundo el mismo Borges transgrede a cada rato el tiempo lineal para franquear la eternidad, esa «fatigada esperanza».

Es alguien que a fuerza de negar el destino comúnmente anecdótico de cualquier hombre —aunque datos no faltan— parece lograr que lo invada una sustancia neblinosa, un laborioso aire de vaguedad, pero tan imponente que logra perdurar con mayor fuerza que una cara tajante o un conjunto de contornos recortados, definidos. Nos quedamos mirando a ese Jorge Luis Borges de una hora precisa de cualquier día fijo como si igual que su obra estuviera hecho de infinitas superposiciones de tiempos y distancias. Sombras de pudor, de ironía, de perplejidad, de duda, de sabiduría, de humor, de inocencia, de placidez, de emoción contenida, agitan esa superficie de imágenes, «ese caos de apariencias», ese «simulacro en que la naturaleza lo ha encarcelado», como dice él mismo.

Ese hombre alto, esa especie de vacilante rapsoda casi ciego, para quien la estatura parece constituir una evidencia fastidiosa y cada movimiento una indecisa espera del azar, ha sido comparado con un barco en zozobra, con alguien a punto de naufragar en el mundo físico.

Y así es. Porque si bien la llamada realidad inmediata —la única que se nos ofrece sin buscarla— es prolija, organizada, aparentemente accesible y bastante fija, bien mirada es dudosa, colmada de duplicidades, de subterfugios, de enmascaramientos, de rupturas. Borges dice que hemos soñado el mundo como algo resistente, visible, ubicuo en el espacio y firme en el tiempo, pero que hemos consentido en su arquitectura tenues y eternos intersticios de sinrazón para saber que es falso. «La sustancia más firme de la felicidad de los hombres es una lámina interpuesta sobre ese abismo y que mantiene nuestro mundo ilusorio. No se requiere un terremoto para romperla. Basta apoyar el pie», agrega en Otras inquisiciones [+]. ¿Hemos consentido tales blancos, tales fisuras, tal abismo ininterrumpido? ¿Y ante quién? ¿Y desde qué realidad o irrealidad comenzamos a soñar o continuamos soñando? ¿Y esa débil lámina de la que habla encubre también dificultosamente la precariedad del universo, la limitación del yo, la inconsistencia del tiempo?

Y bien, allí está su obra como una refutación de toda esa engañosa intolerable realidad, como un alerta contra sus tergiversaciones, como una protesta contra sus regateos y también como una ampliación de sus alcances, aunque no se proponga crear un orbe paralelo. Es otro suelo infatigable, vertiginosamente significativo, el que nos ofrece. Un suelo de escritura donde podemos tratar de descubrir las verdaderas reglas del trazado del mundo, ordenar los mosaicos de las posibilidades en diferentes combinaciones, apostar a una u otra conjetura, multiplicar lo improbable y deslizarnos por todos los espejismos de la razón de manera ascendente y descendente, lateral, simultánea.

Sobre ese tablero vibrante y móvil, que gira y se desliza, se producen sorprendentes proliferaciones, permutas y anulaciones de la personalidad; sí, la personalidad, «esa superstición occidental», acota desdeñosamente el creador. El yo, la nada y el otro son intercambiables. A veces como si las dos caras de una moneda traspasaran el filo de la oposición y se fusionaran hasta identificarse, hasta suplantarse: así la víctima y el victimario, el traidor y el traicionado, los rivales encarnizados, los antagonistas irreconciliables. Inclusive llega a decir en el prólogo de su Obra Poética confirmando este juego de imprevisibles inversiones: «Nuestras nadas poco difieren: es trivial y fortuita la circunstancia de que seas tú el lector de estos ejercicios y yo su redactor», lo cual, a semejanza de otros equivalentes postulados que nos descolocan, nos produce la vertiginosa sensación de ser usurpadores, de ser erróneos, de ser ficticios. Otras veces, como en «La forma de la espada», cuando asegura: «Lo que hace un hombre es como si lo hicieran todos los hombres... Yo soy los oíros, cualquier hombre es todos los hombres», amplía el margen de opciones llevándonos a participar en una unidad metafísica o a caer, alternadamente, en el vacío total, como en «El inmortal», cuando hace hablar a Homero: «Nadie es alguien, un solo hombre inmortal es todos los hombres. Como Cornelio Agrippa, soy dios, soy héroe, soy filósofo, soy demonio y soy mundo, lo cual es una fatigosa manera de decir que no soy... Yo he sido Homero; en breve seré nadie, como Ulises; en breve seré todos: estaré muerto». Oscilación, suspenso y caída que no presuponen una fe, que aniquilan la individualidad en el anonimato y la borran definitivamente.

Tampoco el tiempo es aceptado como una entidad consistente, lineal, continua, con una dirección precisa en su fluir, sino que se interrumpe, admite intercalaciones de eternidad, cambios en el orden, inversiones, recorridos cíclicos y circulares, combinaciones del pasado, el presente y el porvenir, numerosas hipótesis acerca de su comportamiento y su perduración. El pretérito es tan dúctil, tan modificable, como el futuro. «El porvenir es inevitable, preciso, pero puede no acontecer. Dios acecha en los intervalos», asegura en Otras inquisiciones [+]. (¿Cuál dios? ¿Ese que es una creación de la literatura fantástica y que él desearía que lo fuera de la literatura realista, .aunque tampoco cree en ésta porque la «realidad no es verbal»?) Continuando, si bien «no hay hecho, por humilde que sea, que no implique la historia universal», se trata de destruir la duración corriente y la concatenación de causa a efecto. En Historia de la eternidad nos explica que una oscuridad, «no la más ardua ni la menos hermosa, es la que nos impide precisar la dirección del tiempo. Que fluye del pasado hacia el porvenir es la creencia común, pero no es más ilógica la contraria... Ambas son igualmente verosímiles e igualmente inverificables». Pero sobre todo existe el propósito de destruir la idea del tiempo, ya sea recurriendo a la repetición de lo cotidiano hasta anularlo en la prolongación de una sola jornada que se hace eterna, o a la forma de concentrar años en un minuto o dilatar un momento en varios años, o valiéndose de la identidad de sensaciones experimentadas por uno o varios protagonistas en distintos momentos, tal como sucede en «Refutación del tiempo», «El milagro secreto» y «Sentirse en muerte», respectivamente. Claro que el autor sabe que estos juegos intelectuales son impotentes para anular el tiempo y por lo tanto la muerte. Sus mismas declaraciones invalidan muchas de sus teorías más osadas, devolviéndoles su valor de pretextos para el pensamiento, de especulaciones mentales: «Negar la sucesión temporal, negar el yo, negar el universo astronómico, son desesperaciones aparentes y consuelos secretos. Nuestro destino no es espantoso por irreal; es espantoso porque es irreversible y de hierro. El tiempo es la sustancia de que estoy hecho... El mundo desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges» («Nueva refutación del tiempo»). Después de este reconocimiento llega el coherente pero patético enunciado con que abre las puertas de la duración en Otras Inquisiciones: «La vida es demasiado pobre para no ser también inmortal».

¿Pobre, la vida? No lo es, ciertamente, la de quien puede construir arquitecturas fantásticas en el ojo de una cerradura, detener en el aire durante cincuenta años el hacha del verdugo, multiplicar alfabetos y sueños que lo incluyen, contemplar un tigre hecho de muchos tigres y de ejércitos de tigres que parecen revelar otros tigres, ser él y ser el otro, desplegar los ocasos del sur con el vuelo de un pájaro, desandar el infinito en el espejo, reconstruir años enteros con la memoria de las nubes, siempre frente al papel, siempre ante «la inminencia de una revelación» que él cree modestamente que no se produce.

Porque para Borges vivir es escribir. El sujeto sólo existe como motivo del texto, puesto que el hombre no es sino relato, vigilancia de la trama, búsqueda de la exactitud. «En cuanto el relato deja de ser necesario puede morir. Es el narrador quien lo mata, puesto que ya no cumple una función».

¿Y quién es el narrador de nuestra vida, sino el mismo que nos sueña, el mismo que nos hace trazar un laberinto con nuestros propios pasos?

Quien soñaba con Borges despertó y Borges completó el laberinto que dibujó paso tras paso; lo cerró en Ginebra, cerca, muy cerca del comienzo. Alguien puso un punto final en su largo, prodigioso relato, en esa singular aventura verbal que acercaba mágicamente dos puntos muy dispares, o encontraba el atajo más breve y sorprendente para llegar al lugar elegido, o descubriría las claves sintácticas más eficaces para entrar en cualquier territorio o se demoraba rítmica y minuciosamente en la palabra de poder para salir de cualquier encrucijada, porque él extendía las fronteras de nuestra heredad, fijaba nuestro linaje en el idioma.

No voy a contar la otra trayectoria, la de sus circunstancias. No voy a contar los pormenores de una biografía. Borges creía en la igualdad esencial de los destinos humanos, y por eso nos dijo: «Si los destinos de Edgar Allan Poe, de los vikingos, de Judas Iscariote y de mi lector, secretamente son el mismo destino —el único posible—, la historia universal es la de un solo hombre».

Tal vez se refiriera a nacer, a amar, a padecer, a ignorar y a morir. No a circunstancias, triunfos, frustraciones ni glorias.

Pero yo le digo a usted, Jorge Luis Borges, ahora en su incierta eternidad, en su nadie, en su todo, que vista desde nuestro despojado país esa historia universal de un solo hombre, de la que usted nos habla, tiene una gran fisura, un tajo que la atraviesa de lado a lado.




* Ponencia leída en el Palazzo Vecchio de Florencia,
durante el Congreso Mundial de Poetas celebrado en esa ciudad,
en julio de 1986.


Homenaje a Jorge Luis Borges
Cuadernos Hispanoamericanos 505/507
Esta publicación dirigida por Pedro Laín Entralgo, Luis Rosales y José Antonio Maravall
Madrid, Julio-Septiembre 1992


Fuente: Borges Todo el Año

viernes, 13 de abril de 2018

Jorge Luis Borges y la máquina perfecta de ensayar





 Gustavo Yusteabril

La reciente reedición de Inquisiciones y Otras inquisiciones (Sudamericana, 2018) de Jorge Luis Borges, muestra la calidad y calidez de la escritura del célebre autor argentino a la hora de sentar postura sobre su literatura. Con una fuerte presencia de elementos poéticos, los ensayos de Borges son una parada obligatoria para cualquier lector que le interese enriquecer su biblioteca y su mente. ¿Cómo funciona la máquina perfecta de ensayar del escritor de El Aleph?

Uno de los objetivos más difíciles para cualquier autor interesado en escribir ensayos es no perder el interés de un público lector que quizás no esté tan familiarizado con ese género. Sin dudas, Jorge Luis Borges es uno de los escritores más célebres en esa materia, logrando que esta parte de su obra sea una de las más destacadas a nivel internacional.

¿Qué es lo que hace que los ensayos de Borges sean tan seductores? ¿Cómo se puede poner a funcionar una máquina de ensayar que funcione a la perfección?                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                     La reciente publicación de Inquisiciones y Otras inquisiciones (Sudamericana, 2018), reunidos en un mismo volumen, reúne la potencia reflexiva y argumentativa del reconocido autor trasandino.

Ambos libros, publicados originalmente en 1925 y 1952 respectivamente, también dejan en evidencia el enorme abanico de lecturas que influyó en su obra y la variedad que resulta necesaria a la hora tener un panorama certero sobre algo tan subjetivo y amplio como la literatura.

Los ensayos de Borges, en ese sentido, se destacan por su belleza y su brevedad, como si fueran comentarios dichos en el momento más oportuno.¿En qué consiste esa máquina perfecta que se pone a trabajar en los ensayos de Borges? La respuesta no es fácil, pero se pueden aventurar algunas líneas de lecturas que busquen posibles explicaciones.

Para empezar, el registro elegido por Borges coquetea entre lo coloquial y lo académico, lo que se motoriza gracias al humor un tanto ácido del autor. Así, mientras se puede caracterizar a un escritor de ser “una provincia de Quevedo”, también se tiene la certeza de encontrar mayores componentes kafkianos en otros escritores que en el propio Kafka, como se lee en el breve y hermoso “Kafka y sus precursores”.

Otra clave puede verse en el uso de adjetivos de una forma más que particular -una marca clave dentro de la obra de Borges-, donde el escritor de El libro de Arena da definiciones en un espacio muy reducido, al mismo tiempo que habla de aspectos cotidianos o parte de su propia experiencia para hablar de la producción literaria de personajes célebres e ignotos para un lector promedio: Quevedo, Joyce, el ya mencionado Kafka, Oscar Wilde y hasta su amor no correspondido Norah Lange, entre otros, figuran en el índice de sus intereses.

Entre otros posibles engranajes de la máquina perfecta de ensayar de Borges es su no subestimación del lector, a quien le explica lo justo y necesario, al mismo tiempo que no tiene temor de usar palabras ajenas al uso cotidiano aún en esa época (y que hoy lucen inteligibles). En esa dirección, en varios de los ensayos de Borges se puede ver a un escritor de dos caras: mientras en algunos escritos da cátedra de su amplio conocimiento y se atreve a las definiciones tajantes (“La traducción de un incidente”), en otros casos se muestra menos radical, como si cada palabra fuera escrita al mismo tiempo que el lector la lee, una especie de work in progress frente a la máquina de escribir (“Nueva refutación del tiempo”).

Los 93 años que separan a la primera publicación de Inquisiciones con esta última reedición quedan evidenciados en algunos aspectos, mientras que en otros esa distancia de años pareciera no existir. Así como se habla de una Ciudad de Buenos Aires donde todavía “las luces horizontales vencen las verticales”, también hay algunas que se mantienen intactas. Un claro ejemplo es el ensayo “La nadería de la personalidad”, donde Borges se propone “abatir la excepcional preeminencia que hoy suele adjudicarse al yo”. Si Borges viviera actualmente, podría dedicarle un tomo completo a ese fenómeno.

A modo de cierre, se suele afirmar que existe mayor presencia poética en los ensayos de Borges que en sus propios poemas, algo a lo que autores argentinos contemporáneos como Fabián Casas suelen suscribir, al mismo tiempo que se nota la clara influencia ensayística que produjo Borges en ellos. El propio escritor fallecido en Suiza en 1986  parece dar cuenta de eso en este libro, donde afirma que “La realidad poética puede caber en una copla lo mismo que en un verso virgiliano. También en formas dialectales, en asperezas de jeringoza de cárcel, en lenguajes aun indecisos”.

La máquina perfecta de ensayar de Borges, entonces, no puede ser descrita de forma tajante -a menos que se caiga en un análisis estrictamente teórico y académico-, pero sí se la puede reconocer.

Narradores y poetas contemporáneos que se lanzaron a la aventura de escribir ensayos son deudores de la desfachatez teórica que se puede ver en Inquisiciones y Otras inquisiciones, donde lo corriente y lo académico dialogan constantemente. Los ensayos de Borges, en definitiva, en palabras del propio autor, parecen querer “decirnos algo, o algo dijeron que no hubiéramos debido perder, o están por decirnos algo; esta inminencia de una revelación, que no se produce, es, quizá, el hecho estético”.
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                        
Fuente: El Ciudadfano.com    Chile